Foto de portada: Cortesía Secretaría de Cultura


Por David Flores Rubio

Se ha apagado una de las escasas estrellas de la constelación de la danza contemporánea mexicana: laCantera. Una estrella, además, necesaria e incomparable, pues no hay proyectos independientes u oficiales que se le asemejen en alcance o cobertura: ningún otro espacio de la danza contemporánea tiene clases cotidianas, talleres nacionales e internacionales, un foro y una compañía profesional residente.

En laCantera el sello de la casa ha sido la democracia: el ser un punto de encuentro entre el artista emergente y el consagrado, entre el académico y el autodidacta, entre lo institucional y lo independiente.

Para el creador novel, un foro en el cual mostrar su primera creación coreográfica. Para el creador con trayectoria, un espacio de experimentación. Para el bailarín profesional, uno de los pocos lugares con entrenamiento permanente. Para el amateur, una bienvenida a la danza.

Queda claro que laCantera hace falta. Entonces, ¿por qué cerrarla?

Su fundador y pilar, Jaime Camarena, lo deja claro en un mensaje publicado en sus redes sociales: se trata de una decisión tomada para su “bienestar”; se muestra “víctima del enojo, insatisfacción y frustración” y “cansado de lidiar con la insatisfacción de algunos de ustedes”. Afirma que no puede más “con la miseria encarnada de sus necesidades personales”; prosigue diciendo que “no he logrado satisfacerlos y eso me ha generado infinidad de detractores y enconos” y que “no hay satisfacción posible a sus demandas. Me siento solo jalando una nave que no es posible re flotar”.

En este duro y emotivo mensaje, Camarena en ningún momento habla de las autoridades culturales o de los factores económicos. El destinatario de estas sentidas palabras es muy claro, al decir que tomó esta decisión tras “observar el funcionamiento del gremio”.

Debo decir que me conmovió especialmente el tema de la insatisfacción del gremio de la danza. Interpretando esta situación desde mi visión personal y por lo tanto parcial y limitada, percibí en ese repetirse de la palabra satisfacción y sus derivados un mantra oscuro, que muchas veces he sentido en mis relaciones laborales con bailarines y ex bailarines.

En mis más de veinte años de comunicador lo más difícil que he enfrentado ha sido trabajar para el gremio de la danza. Resultados que en cualquier otro espacio serían aplaudidos acá son menospreciados o llanamente descalificados. Son muchos —no todos y ciertamente tampoco la mayoría, pero sí muchos— quienes se enorgullecen de tener a la mano el comentario hiriente, la crítica destructiva, el dedo en la llaga del que crea.

La ironía y el sarcasmo son la regla; el reconocimiento sincero al colega es la excepción.

Así las cosas, la dinámica emocional del gremio es marcada por una permanente violencia emocional y un temor a ser víctimas de la injuria, el chisme, la llana descalificación.

Claro, ciertamente veo esto desde mi limitada experiencia en el mundo dancístico y posiblemente malinteprete el mensaje de Camarena (aunque, para evitarlo lo más posible, me he limitado a repetir textualmente sus palabras). Pero creo que es precisamente el ser ajeno a la danza lo que me permite tener cierta claridad que a otros falta; aquí mi ignorancia no me descalifica, sino que me da unos ojos nuevos. Por algo dicen que “el peor lugar para mirar el escenario es el escenario mismo”.

Y mirando el escenario desde afuera es que valoro esta crisis —porque, no nos engañemos, el cierre de laCantera es una crisis— como una severísima llamada de atención y un llamado a reflexionar en lo individual y como gremio.

¿Qué estamos haciendo para que incluso personas con trayectorias valiosas y consolidadas no sientan tener el reconocimiento que merecen? ¿Por qué hay tantos bailarines que deciden retirarse tan jóvenes y abandonar completamente el arte al que entregaron sus vidas?

¡Eso no es normal! No veo otras profesiones en las que personas tan talentosas decidan abandonar su vocación, en el que tantos maestros digan a sus alumnos “jamás vas a ser un profesional”, en el que los veteranos sientan que su carrera fue un desperdicio y una pérdida.

Alguna vez uno de los grandes maestros de la danza mexicana me decía —riéndose un poco de mí— que yo veo a los bailarines como dioses y me impresiona hasta cómo caminan, pero que por cada acierto que yo percibía en su movimiento él veía diez errores.

Creo que ese es el gran problema: los bailarines están entrenados perfectamente para detectar el error y buscar corregirlo, pero batallan para encontrar el acierto y la belleza. Tanto, que cuando les señala sus aciertos dudan en creerlos, en esta tenebrosa mezcla de egocentrismo y pésima autoestima.

Como consecuencia, desde afuera es notorio que se trata de un gremio desunido y no crítico, sino criticón. En este mundo somos tan tremendamente caníbales que ni siquiera podemos reconocernos a nosotros mismos: sería impensable tener una entrega de premios a lo mejor de la danza, en la que bailarines loaran a bailarines, como sí lo tienen los teatreros o los cineastas.

En este contexto de alta volatilidad política —con las instituciones de la danza nacional enfrentando la incertidumbre del cambio de sexenio y presupuestos siempre a la baja— queda claro que hay asuntos que deben arreglarse desde la autoridad cultural, pero más todavía en cada uno de quienes amamos la danza y hemos trabajado por fortalecerla. En esta fracturada familia hay mucho qué corregir y mucho qué trabajar.

Yo también escribo con miedo: sé que seguramente me van a destrozar como ha sucedido tras diversas entrevistas a medios en las que he hablado sobre el mundo de la danza, pues mi formación es la de comunicador. Pero me ciño a eso de “di tu verdad aunque la voz te tiemble” porque el primer paso para arreglar un problema es hacerlo palabras y, como decía la crítica de danza Arlene Croce, “discutir lo indiscutible”.

Así que mi llamado es este: que el adiós de laCantera tenga peso y significado, que nos llame a reflexionar sobre nuestras maneras de relacionarnos en el gremio, que nos motive a ser menos criticones y más autocríticos, más generosos para juzgar al otro y más duros para exigirnos a nosotros mismos.

Una Respuesta

  1. Raymundo Becerril Porras

    Justamente en esta preclara reflexión en cuanto al tema del cierre de Lacantera, me parece crucial el sentido de la Auto-critica que como gremio y de manera general, Los Mexicanos debemos profundizar, pues pareciera que los lentes de caballo no los quitamos desde hace siglos; Y Acoto en esta frase que mencionas y me identifica en esta Iniciativa que vengo trabajando por años, logrando fundar El Premio Homoescénico que deriva de una observación del Gremio en su más profundo punto débil. “los bailarines (al menos en México), están entrenados perfectamente para detectar el error y buscar corregirlo, pero batallan para encontrar el acierto y la belleza”.

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