Laura Trejo Cortés

A los cinco años tuve la primera preocupación seria de mi vida: las letras. Antes de entrar a la escuela mis papás me enseñaron el abecedario, o eso dijeron…  Lo cierto es que una noche antes de dormir ellos se turnaron y, con libro en mano, trataron de que yo leyera un cuento: La rata vieja.  Yo no di una, ni con mi papá ni con mi mamá. No leí ni la primera palabra. Solo observé la ilustración de la rata con su rabo quemado por la plancha. Se veía muy mal.

Mis papás sufrieron. Lo noté en sus esfuerzos por hacerme leer. Me estresé por ellos, por no saber ni deletrear, por la rata —¿qué sería de mis dientes si ella no podía venir?— y por el primer día de clases que se acercaba. Sudé, se me llenaron los ojos de lágrimas, me preocupé por mi futuro, mi boca se secó y hasta me pareció oler el rabo chamuscado de aquella roedora.

Con la luz apagada y en medio de la noche me imaginé vieja, como de 30 años —esa edad me pareció que era la de una anciana—, sin saber leer y dependiendo de mis papás o de alguna otra persona para descifrar las letras. Me sentí tan mal que los siguientes días me dediqué a intentar leer los anuncios que vi en la calle.

Esa noche no imaginé que de grande me obsesionarían las letras, los libros y el lenguaje. El trauma que me ocasionó La rata vieja se convirtió en una de mis pasiones: leer.

 

Sobre El Autor

Revista virtual de danza y disciplinas afines. El objetivo es ampliar la cultura de la danza en la población, creando un espacio para la expresión de distintas formas de pensamiento en el ámbito danza y que se reconozca el papel social de lo profesionales que lo ejercen.

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