Decimoséptimo Encuentro de Nueva Danza y Nueva Música

Mina Ugalde Aguirre

¿Alguna vez se han aburrido de la estación de radio que escuchan y han decidido navegar por la frecuencia de FM o AM? Yo sí lo he hecho, dejé de oír el Fonógrafo, mi radiodifusora predilecta, para degustar otros sonidos. Luego de algunos minutos me lleno de hastío pues encuentro la misma música, ritmo, hasta las mismas voces de los locutores… Eso me sucedió el sábado 25 de marzo en el Teatro de la Danza, día que coincidió con La hora del planeta.

La función del Decimoséptimo Encuentro de Nueva Danza y Nueva Música fue una repetición de pasos y de intérpretes. Destaco la labor de convocar —como dice el programa— a “coreógrafos, grupos y compañías emergentes que trabajan bajo la consigna del juego colaborativo” (a propósito, ¿qué hacía Tándem y CEPRODAC en dicha función?, ¿también son compañías emergentes?); sin embargo, hay algo preocupante, con excepción de los grupos Zapapa’escena y Colectivo Espiral, no hubo propuestas nuevas.

Jóvenes arrojados y energía que se desborda. Sería una buena idea echar un vistazo a las escuelas: qué tipo de bailarines se están formando y cuáles son sus bases, sus raíces. Es hermoso observar la vitalidad de la juventud, el deseo y las ganas de hacer, pero habría que encausar la fuerza, el movimiento, la meta.

En cuanto a la disposición de las coreografías debió existir una especie de curador, que dictara —después de ver las piezas, claro está— un orden que fuera in crescendo porque hasta ronquidos se escucharon en varios momentos de la función.

Al desarrollar una idea se debe argumentar y estructurar proposiciones. En danza, decía un coreógrafo, “se vale hacer de todo en la escena, pero no es válido aburrir al público”. Ahora, pensemos que la idea está planteada, se debe elegir color y tipo de vestuario, música, iluminación, ¡peinado! Por eso hay bailarines de ballet que comentan peyorativamente que la danza contemporánea es bailar con el cabello suelto y arrastrase por el piso. Todo cuenta en el escenario: es una página que alguien va a leer.

Bailarines de 2017 con movimientos viejos; entregándose en cuerpo al escenario, pero sin conciencia corporal y espacial. Los jóvenes no están bailando con inteligencia y madurez, bailan porque se siente bien, quieren mostrarse, mas eso no es todo, —existe la vida—, existen matices y la obligación de un artista es buscarlos, procurarlos para no cansarse después de darlo todo físicamente. ¿Cómo se logra? Llenando el movimiento de historia y contenido. “Pero el coreógrafo no me da suficiente información”. “Ese es el trabajo del bailarín: contarse una historia, hacerla suya y bailar”.

En la noche de La hora del planeta, deseé que el Teatro de la danza apagara su luz y se diera por concluida la presentación; así, yo conduciría hasta mi casa escuchando el Fonógrafo, mi estación favorita.

Gracias a las obras de José Ortiz y Fausto Jijón, quienes abordaron parte de la problemática social (migrantes, violencia, etcétera) que nos carcome hoy y se arriesgaron en sus propuestas coreográficas. Lo demás sin nacionalidad, sin presencia sin algo nuevo por ver ni decir.

Sobre El Autor

Revista virtual de danza y disciplinas afines. El objetivo es ampliar la cultura de la danza en la población, creando un espacio para la expresión de distintas formas de pensamiento en el ámbito danza y que se reconozca el papel social de lo profesionales que lo ejercen.

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