Por Gisela Olmos e Inti SantamaríaLa Nutria Arte Escénico

Basta abrir los ojos para darnos cuenta de que los cuerpos humanos se mueven en todo momento, y de que no lo hacen de cualquier manera. Sus movimientos poseen características particulares que podemos reconocer y sobre las cuales podemos pensar en tanto que provoquen nuestro interés. A nosotros, los coautores de este breve escrito, nos parece que hay una gran riqueza que podemos examinar del cuerpo en acción.

Sostenemos que un cuerpo en actividad dentro de un espacio delimitado y a lo largo de un tiempo definido es interesante por sí solo. Esos desplazamientos, con un trabajo de reflexión e investigación artística —un trabajo que podemos intentar definir a fondo en otra ocasión—, tienen todo el potencial para convertirse en obras coreográficas por derecho propio. Es enriquecedor ampliar la coreografía al movimiento en general. La coreografía no necesariamente es privativa de un cuerpo bailando sino de todo cuerpo en movimiento.

Lo anterior lo podemos distinguir en las palabras de muchos artistas a partir de los inicios del siglo XX. Queremos recordar aquí solo al artista alemán Joseph Beuys (1921-86), quien decía: «Pensar ya es esculpir» (Bezzola 2008: 85). Beuys pensaba que el arte no estaba restringido a personas con talentos excepcionalmente privilegiados, sino que todo ser humano era capaz de hacer arte. Era para él una capacidad tan natural en toda persona como lo es el pensar.

El presente texto expone casos en que el movimiento corporal, en situaciones de todos los días, se enfrenta a la ruptura de los códigos convencionales cuando la persona desea entrar a algún espacio o salir de él. El cuerpo por sí mismo presenta una reacción para actuar a favor o en contra de los obstáculos físicos que se le presente a la hora de entrar o salir. Cuando se rompen esos códigos se genera una desorganización o suceden cosas inesperadas.

Por ejemplo, pensemos en cuando vamos a subir a un vagón de metro y suena el timbre que anuncia que las puertas se van a cerrar. En ese caso, todos sabemos que tenemos unos cuantos segundos para entrar o salir. Pero cuando no sucede eso, sino que el timbre excepcionalmente no suena y aún así se cierran las puertas, sin aviso previo, quedamos aplastados o no logramos entrar. Esto es un impedimento externo que ocurre de manera impredecible.

Una situación similar se da cuando cruzamos las calles como peatones. Cuando un conductor se pasa el semáforo en rojo, el peatón tiene que actuar de manera inmediata para no ser atropellado. Asimismo, cuando dos grupos grandes de peatones caminan uno hacia el otro en un cruce peatonal (pensamos en el famoso cruce de Eje Central Lázaro Cárdenas y Avenida Hidalgo, en el Centro Histórico de la Ciudad de México), las personas tienen que organizarse de manera inmediata para poder cruzar sin grandes conflictos.

Una negociación similar, pero más caótica porque implica un riesgo de choque automovilístico, emerge cuando un semáforo está descompuesto y todos los autos quieren pasar al mismo tiempo, de modo que no permiten que ni uno ni otro pase. Algunos autos intentan pasar el cruce, pero cuando no pueden avanzar lo suficiente debido a la presencia de un embotellamiento, suelen quedarse atravesados a la mitad de la calle y no permiten que sigan su trayecto los coches perpendiculares que tienen el paso.

Más de una vez nos hemos enfrentado con grupos de personas que tapan el paso libre y fluido de otros peatones, por ejemplo en pasillos o aceras. Las personas que van atrás de ellos tienen que improvisar vías alternas de desahogo, a veces rodeando al grupo de delante, para que cada quien pueda ir a su propio ritmo y necesidad. Es un caso de gente que no tiene conciencia del espacio de los demás.

Pensemos ahora en las manifestaciones callejeras. Cuando estos grupos se reúnen, generalmente lo hacen con un itinerario ya convenido y a una hora consensuada, de modo que las más importantes decisiones acerca del tiempo y el espacio del trayecto ya están tomadas. Sin embargo, prácticamente ningún movimiento corporal —y menos aún uno colectivo— puede calcularse milimétricamente con antelación. Esa leve imprecisión abre la puerta a la necesidad de una autorregulación colectiva del movimiento en el mismo momento en que está ocurriendo; vale decir, en tiempo real. La reacción inmediata ante los imponderables que emergen es crucial para mantener un flujo eficaz de la gente que se ha reunido.

Para la negociación del espacio individual nos parece pertinente mencionar el clásico libro del antropólogo Edward T. Hall, La dimensión oculta (edición original: Estados Unidos, 1966). Dice el autor: «La territorialidad […] es el comportamiento mediante el cual un ser vivo declara característicamente sus pretensiones a una extensión de espacio, que defiende contra los miembros de su propia especie.» (Hall 1972: 14.) Hall habla de una «distancia crítica», que es aquella mínima distancia que un ser vivo necesita para no sentirse amenazado. Si se reduce esa distancia, emerge la agresión; Hall habla de un caso de estudio sobre los turones (mamíferos similares a los hurones): «[…] cuando la agresividad aumenta los animales necesitan más espacio. Y si no hay más espacio, se inicia una reacción en cadena. Una explosión de agresividad y actividad sexual y los estreses concomitantes sobrecargan las [glándulas] suprarrenales» (Hall 1972: 52.) Esas glándulas segregan las hormonas del estrés, como el cortisol y la adrenalina. Es verdad que la distancia crítica varía de especie animal a especie animal, y de cultura humana a cultura humana, pero estos estudios de Hall (sin ser generalizables) nos señalan la importancia del espacio personal en la convivencia colectiva.

Todos los momentos anteriormente mencionados marcan la memoria de quien los vive porque son excepcionales. Sin embargo, son casos cada vez más frecuentes, y hasta parecieran estarse neutralizando y volviéndose parte de la vida cotidiana. Es decir, son cada vez más la regla y menos la excepción.

Lo anterior muestra la riqueza del movimiento cotidiano. Hay coreografía (involuntaria) en la vida cotidiana porque todos estamos compartiendo diferentes espacios en el momento de nuestro transitar y cambiar de escenario.

Nos interesa hablar de los momentos en que se rompen las convenciones del movimiento planificado o previsto, porque muestran al cuerpo en estado de alerta. En esos momentos cambia el estado interno habitual de la persona para poder actuar sorpresivamente. Eso quiere decir que inconscientemente ya existen parámetros para una buena cantidad de movimientos de nuestro tránsito por el espacio, sobre todo el espacio público.

REFERENCIAS

Hall, E. T. (1972). La dimensión oculta, México, Siglo XXI.

Bezzola, T. (2008). «Denken» en Szeemann, H. (2008). Beuysnobiscum, Hamburgo, Philo Fine Arts.

 

Cruce Peatonal de Eje Central y Avenida Hidalgo, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Fotografía por Santiago Arau.

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