Portada: Igor y Moreno en Idiot-Syncrasy. Fotografía de Alicia Clarke.


Por Valentina Boeta

Habían pasado unos minutos del inicio cuando los primeros asistentes a la función de Idiot-Syncrasy se dirigieron a la salida de la Sala Miguel Covarrubias. De haberse quedado tal vez hubieran dicho, como lo sugirió una chica al terminar la presentación, que de retirarse antes se hubieran perdido la mejor parte de la experiencia.

O quizás habrían sido como aquella dama que nada más encenderse las luces al cierre del programa abucheó desde su asiento a los protagonistas, Igor y Moreno, y lo volvió a hacer mientras abandonaba la fila de butacas.

En verdad Idiot-Syncrasy, aun con sus momentos de humor y sus interacciones con la audiencia, demanda un esfuerzo para verse. Demanda aceptar la provocación de los bailarines -Igor Urzelai, español; Moreno Solinas, italiano-, que salen al escenario y se mantienen ahí, de pie, durante unos minutos sin hacer nada excepto pasear la mirada por la sala.

Igor y Moreno en Idiot-Syncrasy. Fotografía de Alicia Clarke.

Demanda no esperar más música que la que proviene del canto que el dúo interpreta cuando finalmente deja de solamente ver al público y que pasa del casi inaudible tarareo a la viva voz. Es un mismo verso que repiten una y otra vez las afinadas voces hasta que, cuando ellas deciden, poco a poco se apaga. Una vibración de fondo más adelante en la obra es el único otro sonido que la arropa.

Demanda no intentar definir con el concepto tradicional de danza un espectáculo en que el movimiento fundamental es el salto. Igor y Moreno rebotan mientras se quitan pantalones, chamarra y tenis; rebotan para trasladarse, incluso entre los asientos de la sala; rebotan mientras beben tequila y lo sirven a espectadores, que al aproximarse al proscenio para beneficiarse del regalo entran al juego y rebotan ellos también. El descanso de los saltos -que, según explican los artistas, evocan los bailes tradicionales del País Vasco y Cerdeña- se da ocasionalmente entre telas colocadas en el escenario por las que desaparece un ejecutante a la vez. En la media hora final Igor y Moreno proponen algo más cercano al “acto dancístico”, como el programa califica la obra: desplazamientos simétricos con un repertorio de movimientos apenas un poco más amplio y que dan la apariencia de estar viendo un solo cuerpo compuesto de dos extremidades. La repetición ejerce su poder hipnótico.

Al final los saltos se diluyen en giros y los giros van perdiendo inercia hasta que se convierten en pasos y los cuerpos se detienen. Sin anticiparlo, el escenario queda a oscuras. Aplaudir, y hacerlo con vehemencia, no es una demanda del dúo.

Igor y Moreno, graduados de la London Contemporary Dance School, presentaron Idiot-Syncrasy el viernes 29 de abril en el Centro Cultural Universitario, en el marco del programa del Día Internacional de la Danza. La obra se estrenó en 2013 por encargo del centro de danza contemporánea británico The Place.

Igor y Moreno en Idiot-Syncrasy. Fotografía de Alicia Clarke.

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