Entrevista y fotos de David Flores Rubio

“Un bailarín muere dos veces”, decía la gran Martha Graham. “La primera es el día que se retira de la danza, y esa es la muerte más dolorosa”.

Ante esa realidad hay preguntas severas, ¿a qué edad debe llegar esa primera muerte? ¿Cuántos son los años que un bailarín puede estar al máximo nivel en un escenario? ¿En qué década el dolor, las lesiones y el deterioro de las cualidades físicas merman su proyección escénica?

Las respuestas no son sencillas. Por un lado —con una lógica ya superada que equipara la danza con el deporte y el arte con la acrobacia— tenemos al escenario como un territorio de cuerpos jovencísimos, el espacio de interminables proezas físicas de talante olímpico. Por otro, existe consciencia de que el bailarín maduro aporta una capacidad expresiva capaz de tocar de manera más profunda al público. ¿Qué cuerpo dice más, el de un bailarín de 23 años recién salido de una escuela o el de un Omar Carrum que ha sido intérprete en más de 90 obras y ha estado con su danza y su pedagogía en más de 25 países?

En el paisaje internacional tenemos bailarines como Mikhail Baryshnikov que sigue bailando en sus sesentas. Martha Graham y Merce Cunningham estuvieron en los escenarios ya en sus setentas. En México tenemos bailarines como Beto Pérez, que a sus 52 años recién se presentó en la temporada de danza del Palacio de Bellas Artes. También tenemos a una Olga Rodríguez, un Domingo Rubio, una Isabel Beteta.

Sin embargo, se trata de bailarines extraordinarios, la excepción más que la regla. En la Ópera de París la edad oficial para retirarse es 42. Según la escritora y crítica de danza Deirdre Kelly, la edad promedio en la que se retiran los bailarines norteamericanos es de 28 años en ballet y de 40 en contemporáneo. Es claro que la edad es un fantasma siempre presente en la carrera de un bailarín y de ello dialogué con Omar Carrum, tras atestiguar el asombroso poder expresivo de su cuerpo en la sesión fotográfica que hicimos.

DFR: Por poner un horizonte de dos décadas entre tu cuerpo de joven bailarín y ahora como un intérprete maduro, ¿podrías describir las diferencias entre bailar a los 24 y a los 44, en lo emocional, lo físico y lo artístico?

OC: Me es difícil separar estos tres aspectos ya que siento que están totalmente relacionados. No creo que sea posible separarlos, pero haré mi mejor esfuerzo.

En lo físico, a los 24 años me sentía invencible y de alguna manera lo era, mi cuerpo aguantaba lo que fuera, y me recuperaba muy rápido de cualquier lesión, sin embargo, yo no sabía escuchar mi cuerpo, no sabía que no era invencible, nunca me percaté que todo lo que hiciera tendría consecuencias y cuales serían las secuelas. Mi cuerpo era burdo, lo habitaba como al ponerse una prenda cualquiera, tenía muy poca conciencia de él y sus verdaderas capacidades y fragilidades.

A los 44 años, tengo clarísimo que no soy invulnerable, después de muchas lesiones, sus secuelas mecánicas y el inevitable desgaste por los años, tengo un cuerpo más sabio, un físico que valoro todos los días y que he aprendido a cuidar, a fortalecer y alimentar.

Ahora conozco sus capacidades, sus alcances, su fragilidad, sus infinitas posibilidades y, también, sus limitantes. Eso me permite poseerlo y que él no me posea, he dejado de pelearme con él y somos grandes amigos, nos respetamos mutuamente y vivimos felizmente en una simbiosis con una gran comunicación de por medio.

Vivo una paradoja porque, aunque mi cuerpo ya no tiene las mismas capacidades, siento que puedo hacer lo que yo quiera, y siento que no tiene límites para la expresión y lo que necesito decir.

Siento que ahora realmente estoy sentado al mando del vehículo y que tengo el control, mientras que antes el vehículo me controlaba y yo dependía totalmente de él, de lo que podía hacer y de cómo se sintiera.

Antes cualquier lesión era una pesadilla y una pelea conmigo y con el mundo entero, ¿cómo era posible que me hubiera lastimado? ¿Cómo era posible que mi cuerpo no me dejara bailar? ¡Como si estuviera en contra mía!

Irónicamente, ahora agradezco cuando mi cuerpo me está hablando y entiendo por qué se lesiona y por qué me manda una señal de dolor. Ahora afortunadamente lo sé escuchar, mucho antes de que se llegue a lastimar.

En lo emocional y en lo artístico, al ver que han pasado 20 años, esas diferencias son un continuum de sensaciones, no puedo hablar de una diferencia específica sino más bien de un camino.

La danza y la escena siempre me han emocionado. Desde que comencé siempre he experimentado un gran placer al usar mi cuerpo y el movimiento para expresar una emoción, una sensación o una idea.

A los 24 años me emocionaban el virtuosismo, la belleza y la gran fortaleza del bailarín; existía la sensación constante de ser un guerrero en una lucha eterna contra sí mismo y contra el mundo, y era imperante ganar cada una de las batallas.

Al inicio la balanza se cargaba hacia la belleza estética estipulada por el estereotipo de lo que “tiene” que ser un bailarín. Poco a poco, en el camino me fui encontrando con sitios más interesantes dentro de mí como intérprete: con la experiencia en escena, la balanza se empezó a inclinar hacia la parte más frágil y obscura del ser humano, esos sitios que no visitamos y que rara vez compartimos.

De esa forma es que mi visión artística ha cambiado: ahora ya no me interesa el virtuosismo en el movimiento sino en los estados de cuerpo y la transformación del intérprete.

Antes me interesaba el movimiento físico y sus capacidades expresivas y de comunicación, ahora el orden ha cambiado: lo más importante es la capacidad expresiva del ser como un todo, y el movimiento es solo una pequeña parte del potencial que tenemos como artistas escénicos. Ahora la división de los géneros performáticos se funde y el cuerpo se convierte en una máquina total de proferación como medio de expresión.

Resumo un camino de 25 años en la danza en lo físico, emocional y artístico: Antes podía hacer cosas que hoy no puedo hacer… hoy puedo hacer cosas que antes ni siquiera soñaba que era posible hacer.

DFR: ¿Qué consejo le darías al Omar Carrum de 20 años?

OC: Llegué a pensar en darle algunos consejos, pero sé que si lo hiciera, hoy posiblemente no llegaría a las conclusiones que tengo para darle esos consejos.

Hoy gracias a él me doy cuenta que no existen malas decisiones, ni errores ni aciertos, todo es simplemente una situación que conlleva consecuencias positivas y negativas.

Quisiera aconsejarle que no se quejara tanto, pero si no lo hubiera hecho hoy no sería quien soy.

Quisiera aconsejarle que escuchara y que cuidara mejor a su cuerpo para no lastimarse tanto, pero si lo hiciera, hoy posiblemente no tendría la conciencia que tengo sobre el mismo.

Así que la verdad es que le diría: ¡Que haga exactamente todo lo que hizo! Que no cambie nada, porque gracias a todas las decisiones que tomó, hoy estoy aquí y soy feliz y he tenido una vida plena y el futuro que tengo por delante está lleno de posibilidades y es gracias a cada uno de sus pasos.

DFR: ¿Cuál ha sido tu mejor época para bailar? ¿Por qué?

OC: Cada una de ellas, cada momento ha sido maravilloso y muy diferente, no puedo decir que hay una mejor época, solamente la de hoy, la de ahora, pero hace 20 años aquel era mi hoy.

Me entusiasma la incertidumbre y todo lo que me espera y sé que mañana será un nuevo hoy, y ese hoy es siempre el mejor momento para bailar.

DFR: ¿Hay algo que dejaste de hacer como bailarín de lo cual te arrepientes hoy?

OC: No me arrepiento de nada, posiblemente me hubiera gustado llegar antes a las conclusiones de vida que tengo ahora. Pero eso es imposible e inevitable, todo tiene su tiempo y cada decisión y paso tomado me lleva a donde me encuentro hoy. En mi vida he hecho y no hecho todo lo que he querido de acuerdo con mi conciencia y capacidades de cada momento.


Omar Carrum fue integrante de DELFOS danza contemporánea de 1993 a 2017. Ha recibido importantes premios y reconocimientos como intérprete y coreógrafo en México por parte del FONCA, el FOECA y el INBA. Es el primer coreógrafo mexicano en recibir la beca Guggenheim. Su cortometraje Fifth Wall fue seleccionado en el Festival de Cannes 2013. Es miembro de la facultad del Bates Dance Festival en USA desde el 2010 y del Duncan Center en Praga desde 2018.
En 1998 co-funda junto con Claudia Lavista y Víctor Manuel Ruiz la Escuela Profesional de Danza de Mazatlán y lleva la dirección académica de 2007 a 2017. En 2012 desarrolla el sistema de entrenamiento Continuum y conforma la RED de maestros para ampliar las investigaciones y posibilidades del Sistema.
En 2016 consolida junto con Vladimir Rodríguez el proyecto ESCorporart y en 2017 el proyecto WORLDROBED, como plataformas para continuar formalmente con sus residencias de investigación, creación y pedagogía. Actualmente recibe la beca como Creador escénico con trayectoria, del 2018 al 2020, y es invitado por la compañía española La Intrusa, dirigida por Damian Muñoz y Virginia García, como intérprete en la obra “Mud Gallery”.

Sobre El Autor

Revista virtual de danza y disciplinas afines. El objetivo es ampliar la cultura de la danza en la población, creando un espacio para la expresión de distintas formas de pensamiento en el ámbito danza y que se reconozca el papel social de lo profesionales que lo ejercen.

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