Por Lourdes Luna 

Encabezar un proyecto de formación en danza en el sureste mexicano es sin duda una gran satisfacción, pero al mismo tiempo una gran revelación.  A lo largo de los años me ha tocado escuchar cosas insólitas como: “¿Pero aquí sí compiten, verdad?” o “¿pero sí están incorporados a la SEP?” Esto entre muchas otras frases de padres que creen que la danza es todo menos arte y desarrollo sensible a través del movimiento.

Hace muy poco, una bailarina se acercó a mí para compartirme que finalmente había hablado con sus padres y los había convencido de que quería ser bailarina, me alegré profundamente por la noticia pues es en verdad es una chica talentosa con muchísimo futuro.  

Ella había sido formada en los últimos años bajo esta cultura de la danza de competencia, de esos talleres que se dan en salones de convenciones con alfombra en donde entran 80 niñas a tomar clase con un maestro con micrófono de solapa y en donde se entregan medallas y trofeos al por mayor, solo para que las directoras de las academias y los padres sientan que la inversión valió la pena. 

Ella había entendido finalmente lo que la danza contemporánea significaba en términos estéticos, de movimiento y de postura artística ante el tipo de lenguaje que quería desarrollar, pues tuvo la oportunidad de trabajar de cerca con una compañía profesional de danza contemporánea.  Se armó de valor y lanzó esa poderosa frase que a todos en algún momento nos hinchó el pecho, nos hizo sudar y en muchas ocasiones provocó rupturas familiares y abandonos: “Quiero ser bailarina profesional”.

Con todo el respeto que se merecen las madres y padres que buscan lo mejor para sus hijos, lamento profundamente la mentalidad cerrada, provinciana, localista y mercantil de los padres que primero llevan a sus hijas a clases de danza, hacen que concursen a full en cuanto concurso aparece en el camino, obligándolas a que ganen todo, oro de ser posible, y el trofeo más grande para que sea eso un triunfo en la familia que presumir, hacen que se sacrifiquen, que sus cuerpos se transformen en cuerpos de exhibición más que en cuerpos de bailarinas, que se maquillen como para un concurso de belleza; hacen, además, que se conviertan de manera prematura e inesperada en docentes, maestras inexpertas al frente de grupos de pequeñas que estudian danza para luego y, después de que las chicas finalmente desarrollan una pasión, amor y talento verdadero para bailar, simplemente las acorralan diciendo que no, que eso no es una carrera, que debe estudiar otra cosa pues de la danza no se vive. 

Es una verdadera pena que aún haya padres que piensen así, que hagan todo para que sus hijas amen la danza y al final simplemente les dan una bofetada en el alma para que la dejen.

Las nuevas generaciones de jóvenes son capaces de muchas cosas, de estudiar incluso dos carreras al mismo tiempo y tener buenas notas, pero si una chica de 18 años ha decidido bailar de manera profesional lo más lógico es apoyarla a seguir su camino, más aún cuando durante todos sus años anteriores la hemos obligado al autoconocimiento a través de su cuerpo, a desarrollar pasión y entrega, a encontrar una personal y auténtica forma de expresión. 

Ha encontrado finalmente la razón de tanto esfuerzo y sacrificio, entendió que hay arte en el cuerpo y en el movimiento, más aún, entendió que puede comunicar y hacer sentir a otros cosas que ni siquiera ella sabía. No podemos, ante esto, hacer más que poner todo a su alcance para que continúe, esa es y será siempre nuestra obligación como padres y como docentes.

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Lourdes Luna es coreógrafa y directora general de Créssida Danza Contemporánea.

Fotografía de la bailarina Mariana Barbosa.

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