¿Qué signo, qué expresión, qué trazo de un cuerpo que danza puede ser capturado en una fotografía? Si la carne de todo bailarín profesional es un hermoso mar, ¿cómo sacar a la superficie los tesoros que yacen en sus profundas oscuridades? 

¿Cómo diferenciarlos de modelos y mostrar lo que los hace únicos y excepcionalmente expresivos? ¿Cómo evidenciar que existe una diferencia entre “la belleza” y “lo bonito”? 

Esos son los retos que enfrenta este fotógrafo cada vez que toma la cámara. Trascender “lo bonito”. Cómo revelar la danza: mostrar el signo que crean las manos, los pies, la columna vertebral que se tuerce hasta las fronteras de la contorsión, los huesos de las siempre frágiles rodillas. Lograr que la desnudez deje de ser sexual, como en una imagen comercial, para hacerla testimonio de fortaleza expresiva. 

 Mientras analizo qué fotografías de Andrea Rivas elegir para este artículo, recuerdo las palabras que me dijo otra bailarina, Estefi Villa: “Nosotros podemos apreciar la belleza en cosas que están rotas y crecieron en lugares inhóspitos”. 

Andrea es una bailarina bella y excepcionalmente talentosa (a solo un año de salir de la Escuela Nacional de Danza Clásica y Contemporánea, ya protagonizó una obra en el Palacio de Bellas Artes, dirigida por Jessica Sandoval). Lograr que se vea bonita no tiene el mayor mérito, es increíblemente fácil. Lograr que ese ser bonita no nos distraiga de la expresividad de su cuerpo es mucho más complejo. 

Con ella y con cada artista que se muestra frente a mi cámara ese es mi objetivo. A veces se logra. A veces no. Pero siempre se lucha por llegar hasta ahí: develar esa belleza nacida del inhóspito entrenamiento dancístico, la rotura del cuerpo y la psique que han cruzado arduas aduanas para poder desplegar las más vastas y profundas gamas de belleza en un escenario.

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