La bailarina y coreógrafa Claudia Lavista platicó con Danza Revista sobre la nueva puesta en escena que está creando, misma que se estrenará en un año con diez bailarines de la Compañía Delfos. 

A partir de un proceso de evolución personal y artística, la artista escénica avanza en el proceso de crear una obra en la que se encuentran y se nutren temas como los haikús, la experiencia del retiro y el chamanismo mexicano, alrededor de conceptos como la sutileza y la fortaleza que solo se encuentra en aceptar la fragilidad y la vulnerabilidad.

Danza Revista (DR): ¿Cómo defines tú Las Cosas Simples? 

Claudia Lavista (CL): Esa definición depende de donde estés, de qué edad tengas, de en qué momento de la vida te encuentres. Y en este momento de la mía las cosas simples son las cosas que me tocan, son las cosas que me generan una certeza de vida, que me hacen saber que estoy viva y vibroSon las cosas más sencillas. Están muy relacionadas además con la naturaleza, con el silencio, con un espacio que es interior.

Para mí en este momento son esas cosas que en su simpleza guardan un enorme territorio de profundidad. Las cosas que me tocan pueden ser ciertas materiales, pero sobre todo son sensoriales o espirituales o sensibles, o desde la relación con otras artes como la poesía.

Son las cosas que van hacia lo profundo. Como cuando tiras una piedra en un lago y pudieras ver caer, caer, caer, caer esa piedra durante siglos, hacia el fondo del lago. O pudieras ver las ondas concéntricas que genera esta piedra en el agua.

Me he puesto a pensar mucho. Los últimos años fueron caóticos a nivel emocional. Porque me separé y mi hija se fue de la casa por primera vez, se fue a estudiar a la Ciudad de México. Y me encontré en un espacio desolado, como si se hubiera derrumbado el Universo. 

Entonces en estos dos años me he dedicado a limpiar escombros personales, interiores. Me he dedicado a tratar de poner las cosas donde van ahora, ver cuál es el nuevo lugar que ocupan. Pero también me he dedicado a deshacerme de muchísimas cosas que no son necesarias en este momento. Muchas cosas materiales, pero sobre todo muchas cosas emocionales 

He hecho un ejercicio intenso, profundo, de desapego para poder encontrar un nuevo orden de las cosas.

Al hacer esto, poco a poco se me ha develado o revelado que en realidad la fortaleza es una luz muy pequeña que está dentro de uno mismo, en un lugar específico en cada cuerpo. Esa luz es la esencia vital de cualquier cosa. Y a veces uno pone objetos que generan sombras y que la dejan ser.

Es así que he encontrado muchas cosas que me dan una gran felicidad. Por ejemplo tocar el pelo de mi perro. Algo muy simple. Ver la mirada de mi hija, verla a los ojos. Sentir el agua tibia en el cuerpo. Respirar profundamente cuando estoy en un jardín con flores. O tocar a alguien cuando sé que esa persona está triste. Tocarla. Nada más tocarla. Sentir una piedra en la piel, sentir el peso de una piedraComer un mango que chorrea entre mis dedos. Sentarme en un parque y ver cómo entra la luz entre las ramas de los árboles, sentir esa luz cálida en la piel. Tocar con mi dedo la superficie de un hielo, sentir escalofríos. Sentir, solo sentir.

Esto está relacionado con mi historia. De niña viví en Japón con mis padres, cuando tenía tres años. Japón ha sido una presencia muy fuerte en mi casa siempre. Y entre otras cosas, una presencia importante han sido los haikús. Siempre he estado muy cerca de estos poemas japoneses, que generalmente están relacionados con algo de la naturaleza y con las estaciones del año, que son simples, pero al mismo tiempo profundamente significativos, están llenos de sabiduría.

Desde hace años he trabajado de una u otra forma con estos breves poemas. También desde las clases técnicas que estoy dando ahora estoy trabajando con haikús. 

Y por otro lado he estado en estos dos años cercana a cuestiones chamánicas de la cultura mexicana. He hecho rituales, justo para encontrar este nuevo ordenpara reencontrarme conmigo misma.

De esas experiencias de vida surge esta necesidad, porque de verdad es una necesidad, de hacer una obra que sea muy sensorial; me interesa que quien viva esa obra tenga muchas sensaciones de este tipo y pueda yo ser capaz de comunicar todo esto tan simple, pero al mismo tiempo tan complicado de entender.

Es una obra que voy a hacer con Delfos. Creo que va a ser con diez bailarines, hasta ahora. Y me voy a tardar: es un proceso creativo que está comenzando, pero creo que se va a estrenar en un año. Y voy a trabajar con Mauricio Ascencio, lo que me ilusiona mucho

Es una pieza que estará cargadísima de imágenes, porque tiene que haber dentro de ella un trabajo muy delicado sobre lo simbólico. Estará llena de simbolismo y de conceptos sensoriales, para entender al mundo justo desde lo sensorial, no lo analítico ni lo racional, sino lo profundo, lo irracional, lo perceptivo, lo sutil.

Si pudiera describir la pieza con una sola palabra diría que es “sutil”.

Lo que quiero es acercarme a esta serie de conceptos que he sentido y entendido desde la sutileza.

(DR) ¿Por qué hacer un proceso tan largo? 

(CL) Es un proceso normal para mí. Mis procesos coreográficos son largos porque son una manera de entender muchas cosas y para entender algo te tardas. Es como tener un hijo, te tardas nueve meses, no te puedes tardar menos. Cuando yo hago una obra estoy tratando de desdoblar algo en mí que no acabo de asir. Y este desdoblamiento no me es tan fácil. Me toma tiempo. 

(DR) ¿Cuál es la ruta que sigue en la creación de Las Cosas Simples? 

(CL) Hay varios puntos de partida. Por un lado están los haikús. Por otro hay varios textos de Lao Tse, que uso como espejo de lo que estoy intentando poner en escena. 

Otro punto de partida importantísimo es la imagen. Estoy armando un banco de imágenes, de fotos que yo tomo, de cosas que me encuentro en internet, de pequeñas cosas que me interesan. También de objetos, de poemas, de ideas. Todo esto lo estoy metiendo en un horno creativo.

Lo que sigue es compartir esto con todos los bailarines y colaboradores. Después es jugar. Para mí los procesos creativos son lúdicos. Con toda esta información, quienes compartamos en este proyecto nos vamos a poner a jugar y a hacer laboratorio.

Es interesante porque vamos a hacer una residencia de creación en la UAM Azcapotzalco, es un espacio para jugar. Nos vamos a encerrar ahí por dos semanas. Yo quisiera también hacer una residencia en el Ceprodac u otros centros. Tengo ganas de hacer varias residencias de “encerrones”, como si fueran una especie de retiro.

En los últimos años me he ido de retiro, he hecho tres retiros budistas. Parte de lo que quiero construir tiene que ver con esa experiencia de hacer un retiro en silencio por varios días. Quisiera hacer eso desde lo creativo.
De manera paralela está toda la investigación con Mauricio Ascencio. Es curioso porque yo viví en Japón, el proyecto tiene que ver con esa experiencia también y él acaba de estar allá. Le dije: trae muchas imágenes, ideas

La música la va a hacer un norteamericano que se llama Alberth Mathias. Con él comenzaré a ver lo sonoro, que tiene que ser muy sugestivo.

Es una obra que debe ser muy sugerente, esta palabra se relaciona con lo seductor, porque crea curiosidad, porque quieres entrar a ver qué hay ahí. O quieres ir a tocar eso que te seduce. 

Entonces, tendría que ser una pieza también que jugara con esta seducción no necesariamente desde lo sexual, sino desde lo sensorial, desde el placer de estar en la vida con todos los sentidos. 

(DR) Me llama la atención que en las imágenes que creamos para el proyecto hay una mezcla de vulnerabilidad y fortaleza. ¿Tú también lo ves así? 

(CL) Sí, sí lo veo así. Te voy a explicar por qué.

Mucho de este proyecto está basado en una frase de Lao Tse que dice así: “Ver lo pequeño es tener vista clara. Conservar lo débil es tener verdadera fuerza.”

Es un texto que vi en una exposición hace muchísimos años. Estaba pasando por una crisis existencial horrorosa y cuando vi esa frase entendí muchísimas cosas. Entonces gran parte de estas imágenes que yo te propuse hacer vienen de ahí, de este blanco y negro, yin y yang, sombra y luz, sutil y fuerte, lo evanescente y lo concreto. 

Tenía yo ganas de jugar con eso en las imágenes. Porque finalmente todos somos eso. Tenemos los dos aspectos. La sutileza pero también la enorme fortaleza. Tenemos la pequeñez pero también la grandeza. La luz y la oscuridad.

De ahí viene esa idea, justamente. He descubierto que, cuando pasó esto que contaba antes, que me separé y que mi hija se fue a estudiar y me quedé sola en medio de este caos, me sentí profundamente frágil y vulnerable. No encontraba mi fortaleza en ningún lado. Por más que lo intentaba y me hacía a mí misma ver que era una mujer fuerte, que tenía muchas razones por las cuales ser muy muy feliz, no las veía, no las encontraba.

Entonces todo este proceso justo ha significado reordenarme a mí. Eso me permitió verlo, ver otra vez mi fortaleza. Pero mi fortaleza está en lo vulnerable; no está en lo impositivo, no en lo que golpea o en la violencia; está en reconocerme como un ser frágil.

Por eso me tatué una libélula en la espalda, porque justamente representa la vista profunda, porque puede volar al ras del lago; representa la fragilidad; pero al mismo tiempo representa la fortaleza porque una libélula puede cargar a otra encima de ella; además representa la sabiduría y la visión amplia

El año entrante cumplo 50 años, es un momento muy importante para mí, es un ciclo muy relevante. Con la edad lo que busco es volverme una persona más sencilla y también con mucha más sabiduría. Eso es lo que estoy intentando. 
***

El  coreógrafo y crítico Valerio Cesio afirmó que “si se quiere hablar de las grandes figuras de la danza contemporánea latinoamericana, el nombre de Claudia Lavista es inevitable”, lo cual resulta acertado al considerar que se trata de una bailarina, coreógrafa, maestra y gestora con 30 años de trayectoria. Ha recibió el Premio Nacional de Danza en 1992, el Premio Nacional de Danza a la Mejor Intérprete Femenina en 1988 y en 2002, y el Premio a la Mejor Intérprete y al Mejor Espectáculo del Festival Internacional de Danza Lila López en 2005, entre otros. Desde 1992 co-dirige con Víctor Manuel Ruiz la compañía Delfos Danza Contemporánea y desde 1998 la Escuela Profesional de Danza de Mazatlán, considerados dos proyectos pilares de México y Latinoamérica. En 2001 la crítica especializada la nombra “una de las 10 mejores bailarinas  del siglo XX”. Ha creado más de 45 obras coreográficas que se han presentado en Latinoamérica, Europa, Asia y África. Sobre sí misma afirma: “Curiosa de cualquier proceso de creación, amante de la naturaleza y de lo sutil. Su mayor amor es su hija Elisa.”

 

 

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