Vanessa Vargas / vanessa@danzarevista.mx

Nueva York. – La semana pasada, el panorama noticioso de Estados Unidos fue, para decirlo sobriamente, especialmente convulso. La corte de apelaciones de EE.UU rechazó la solicitud de la Casa Blanca para restablecer la orden ejecutiva emitida por el presidente Trump que negaba a refugiados e inmigrantes de ciertos países, de mayoría musulmana, la entrada al territorio estadounidense, que había revocado aproximadamente sesenta mil visas a viajeros e inmigrantes de siete países de esa región, y que había dejado de tener efecto pocos días después de emitida, gracias a la acción de las propias cortes.

Tanto la emisión del llamado Muslim Ban como su revocatoria se dieron en medio de múltiples manifestaciones de diferentes comunidades –asociaciones de inmigrantes, grupos feministas, defensores de derechos humanos et al-, que no han dejado de ocurrir a lo largo de Estados Unidos, aunque con especial fuerza en Nueva York. Es este el escenario nacional en el que Batsheva Dance Company presentó en el Brooklyn Academy of Music su más reciente trabajo, llamado The last work (El último trabajo) (2015), dirigido por Ohad Naharin.

De entrada, la pieza pone de manifiesto una aproximación a la dimensión de la cotidianidad humana que permea las arenas de lo político y de lo individual, moviéndose en el quiebre, justo en el punto en el que ocurre esa fractura y muestra la universalidad de lo político –esto es, la imposibilidad de que lo individual permanezca impermeable a la esfera pública–.

La compañía israelí trae al escenario el horror de la guerra, la violencia del sexo descarnado, los peligros del autoritarismo y la tendencia a la homogenización de la experiencia humana y muestra cómo estos temas se deslizan hacia dentro de la esfera de lo personal, al tiempo que propone un manejo de distintas modalidades de la sensibilidad como médula de las relaciones íntimas, pero también de los imaginarios colectivos. Estas modalidades de la sensibilidad entienden al cuerpo como lugar propio del caos y de la catarsis, de la protesta y del acto del habla precisamente como esos momentos de quiebre y disenso necesarios.

Al menos dos narrativas que determinan la puesta en escena de The last work se muestran evidentemente desde el principio de la pieza. La primera es encarnada en la figura de una bailarina vestida con un traje color azul profundo, quien corre en el fondo del escenario sobre una especie de correa mecánica estacionaria durante el desarrollo de toda pieza. Sesenta minutos, para ser exactos.

Lo relevante de esta acción, que funciona como un bajo continuo coreográfico, está en que la bailarina –evidente y dramáticamente– nunca avanza en su recorrido. Su huida, su trayecto, su desplazamiento, es literalmente estacionario: un tormento de Sísifo coreográfico. La segunda narrativa se opone a esta primera, quinética y teóricamente: es el desarrollo de las diferentes transiciones y desplazamientos de los bailarines, que pone de manifiesto no sólo una contradicción espacial evidente, sino también las tensiones en los terrenos y fronteras de lo individual, así como de lo colectivo.

Así, semejando la fricción cotidiana de lo político y lo íntimo, la pieza se desarrolla entre solos, dúos tríos y unísonos ejecutados con impecable gusto y técnica, que van de la hiper-determinación del movimiento coreográfico a la exposición de la completa vulnerabilidad del cuerpo.

Los movimientos orgánicamente fragmentados conducen inesperadamente a dinámicas más suaves, lo mismo que a cambios intempestivos de foco y dirección, a velocidades aceleradas, desembocando en desplazamientos casi imperceptibles que, aunados otros movimientos pedestres que reconocemos en mínimos gestos como taparse la boca, posturas que describen escenas de sexo en bucle, o en el llevar los brazos hacia delante en señal de ofrenda, generan un ritmo oscilante pero permanente.

Last work

Dichos movimientos tienen el sello de Ohad Naharin, quien asumió el papel de director artístico de la compañía en 1990 e impulsó a su paso la impronta de una voz coreográfica diferente: el lenguaje Gaga, que ha enriquecido el movimiento de la danza moderna al incorporar, por ejemplo, un rango más amplio del movimiento en escena que incluye prácticas tanto para bailarines como para no bailarines. En este sentido, se trata de una danza más humana que suma a los bailarines de la compañía a laboratorios coreográficos, promoviendo una práctica artística más participativa y horizontal.

El diseño y edición de sonido están a cargo de Maxim Warratt, y la música es original es de Grischa Lichtenberger. En The Last Work el sonido no es una excusa que da paso a la pura presencia corporal del bailarín, sino que tiene el rol de soportar el hilo narrativo y la estructura de la coreografía, así permite que el movimiento sea lo que realmente predomine en la obra.

Deliberadamente, sólo dos canciones tienen letra en esta composición musical: se trata de dos melodías de cuna tradicionales que tienen su origen en una de las regiones del sur de Rumania, Oltenia. Quizá éste sea el único momento en el que la pieza baja la guardia para guiar a la audiencia a los dominios propios del psicoanálisis o, cuando menos, de la niebla que caracteriza a los siempre indefinidos, casi imaginados, tempranos recuerdos infantiles.

La bailarina de azul corre en su propio eje infinito, fútil, mientras el resto de los bailarines se han cambiado de ropa; hay quienes visten una suerte de sotana negra, y otros, por el contrario, llevan puesta unas piezas de ropa interior que dan la impresión de, más bien, dejarlos desnudos.

Luego los bailarines terminan por cubrir sus cabezas con medias de malla, homogeneizando así no solo el cuerpo sino también el rostro. Sin identidad, desarrollan secuencias de movimientos donde el cuerpo reincide una y otra vez en el mismo gesto, quedando suspendidos entre los espasmos.

The last work no le teme a la repetición, al loop, al movimiento duracional exhausto. Estos son recursos de movimiento que procuran dar cuenta de la experiencia cotidiana del hombre contemporáneo: la experiencia no sólo de una interioridad descentrada, sino también de la repetición incesante de la guerra y la violencia en gestos ya vistos anteriormente: la construcción de un muro, los movimientos migratorios de refugiados, conflictos bélicos sin fin.

La coreografía estalla cuando finalmente el color aparece para cambiar el escenario. Los bailarines por primera vez usan vestidos azules, amarillos. Al fondo del escenario alguien da vueltas frenéticas a una matraca gigante, que a la vez suena a fiesta y a guerra, mientras que otro bailarín está de espaldas. De este último parece explotar una bomba de confeti que inunda el aire, al fin de lo que pareciera ser un acto masturbatorio, cuando en realidad está puliendo un rifle automático.

Hay gritos en el escenario. Es sin duda, el momento de mayor quiebre de la obra. La ruptura definitiva individual y colectiva finalmente sucede. Aparecen el caos, la distensión, el descontrol total. Esta catarsis, esta purga, parece seguir siendo la única respuesta terapéutica viable del aparato social y político, tal y como sucede fuera del escenario: la protesta, los alzamientos sociales, son los puntos de fuga de nuestros tiempos.

Pero, a pesar del quiebre, la pieza sólo concluye cuando uno de los bailarines intenta conectar a los demás atándolos unos a otros con cinta adhesiva, creando una suerte de red de relaciones forzadas, en las que pareciera no haber encuentros verdaderos. La bailarina de azul sigue corriendo y lleva ahora una bandera blanca que alguien le ha puesto en las manos.

Para Batsheva Dance Company, la danza sucede justo en la fractura donde aparecen nuevas sensibilidades. La vida es una danza agotada y que nunca se agota, es un performance de larga duración.


Fotografías: Batsheva Dance Company

Sobre El Autor

Revista virtual de danza y disciplinas afines. El objetivo es ampliar la cultura de la danza en la población, creando un espacio para la expresión de distintas formas de pensamiento en el ámbito danza y que se reconozca el papel social de lo profesionales que lo ejercen.

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