En memoria a Trisha Brown, y a todos los bailarines que construimos desde la precariedad.

Vanessa Vargas / vanessa@danzarevista.mx

Era el 18 de abril de 1970, Joseph Schlichter descendía por la cara externa de un edificio cerca del número 80 de la calle Wooster en la ciudad de New York.  Man Walking Down the Side of a Building (Trisha Brown,1970) sería una de esas coreografías que definirían un momentum en la danza moderna. La idea de caminar por las paredes, cambiaría no sólo los planos de composición en la coreografía sino el lugar del cuerpo con relación al escenario, la audiencia, la relación entre el movimiento y la duración en el performance, así como la noción del espacio público y privado en la danza.

La circulación, el tránsito del cuerpo está definido por la circulación del capital en el mercado global contemporáneo. Aquellos espacios donde no se mueve el dinero están condenados al ostracismo, al aislamiento, lo vemos en los barrios de bajos recursos, en los países en vías de desarrollo. La práctica artística no escapa de las dinámicas de la economía global. Precisamente, en este contexto, Man Walking Down the Side of a Building puso de manifiesto esta contradicción, ubicando la danza en ese espacio precario, incómodo, en la incisión, en el lugar de la fractura de esta circulación, lugar difícil para el flujo del capital, pues en medio de las contradicciones de una New York en crisis, tampoco la danza ofrecía ningún bien que pudiera intercambiar, más allá de la propia experiencia. Sin embargo, justamente aquí es donde reside la importancia del legado de Trisha Brown. Sobre el trabajo de esta coreógrafa, Randy Martin (2012)[1] afirma que estas formas derivadas del movimiento pedestre reclamarían a la ciudad, invertirían sus coordenadas convencionales y harían que los espacios de utilidad perdida estarían ahora sujetos a otro principio de especulación. Trisha Brown entre otros, abrazaron el riesgo en la danza, permitiendo que al caminar fuera de los espacios convencionales, emergiera más tarde, por ejemplo, la técnica de Flying low.

Uno de los cambios más significativos y manifiestos que tiene que ver específicamente con Man Walking Down the Side of a Building, es el de la transformación espacial. El más evidente es el del traslado de la danza del teatro a la calle. Sin embargo, la reconfiguración del espacio del plano horizontal al vertical hace de este trabajo una coreografía reveladora no sólo en términos de práctica artística, también como una respuesta política al status quo de la representación y la dimensión política del arte en aquel momento. Experimentar con elementos como la gravedad, al dejarse caer, rodar en el suelo, arrastrarse, entre otros movimientos, atienden a una re-distribución de coordenadas, proponiendo nuevas lecturas sobre el cuerpo del bailarín, así como de la coreografía en el espacio: el caos, la incertidumbre, el descontrol, en tanto experiencias de la vida cotidiana se ven in-corporadas en la danza.

Trisha Brown, Walking on the Wall, Whitney Museum of American Art, 1971

De hecho, la transformación de las coordenadas espaciales implicó también una nueva mirada con relación a la temporalidad, de modo que el movimiento no implica necesariamente una relación con la música, una métrica específica, más bien depende del propio cuerpo. La experiencia de duración en el performance, por ejemplo, está vinculada con el agotamiento, experimenta con el cansancio, la aceleración, la acumulación, investigando la noción de tiempo, sobre el propio cuerpo.

Sin embargo, el mapa de la danza que propuso Trisha Brown, no se asocia únicamente con un cambio en la práctica artística, es una toma de posición política. Transformar las coordenadas espaciales de la danza modificó la relación de la coreografía con el espacio público, y lo privado, y así la relación del cuerpo del bailarín con otros bailarines, pero también con la audiencia, re-articulando particularmente aquellos espacios donde el capital no permite que transitemos.

En este sentido, volver a visitar el trabajo de Trisha Brown, nos permite, crear, llenar espacio, re-articular relaciones, renegociar con la ausencia y el caos, con nuestro cuerpo, y con otros cuerpos, generar potencialidades donde no circula la economía global, es decir, aquellos espacios donde hay sombras.

En los tiempos que corren, se habla sobre el fin del capitalismo, ya que sus propias dinámicas y resultados han terminado por desechar sus promesas utópicas, de manera que las nuevas dinámicas sociales emergentes están tratando de tomar otras direcciones. El reto en la práctica artística de la danza está, no en moverse sobre las ruinas de un país, sino de habitar sus espacios como dominios, valorando nuestras interacciones, compartiendo sensibilidades, especialmente en el lugar de la danza.

 


[1] A Precarious Dance, a Derivative Sociality

 Randy Martin

 TDR/The Drama Review 2012 56:4, 62-77 

 

Sobre El Autor

Revista virtual de danza y disciplinas afines. El objetivo es ampliar la cultura de la danza en la población, creando un espacio para la expresión de distintas formas de pensamiento en el ámbito danza y que se reconozca el papel social de lo profesionales que lo ejercen.

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