Laura Trejo Cortés / lautecortes@danzarevista.mx

Vivo en uno de los dos departamentos del tercer piso de un edificio; el otro le pertenece a los Xyz: padre e hijo de 81 y 50 años respectivamente. Solo ellos y yo tenemos llave de la azotea y del buzón.

Hace varios años comenzaron a suceder situaciones incómodas: un día no encontré en las cartas mi recibo telefónico; luego, el de la luz; en el mejor de los casos, aparecía mi correspondencia rota; una tarde fui a la azotea a recoger las prendas que había tendido en mi jaula (la cual tiene reja y candado) y parte de mi ropa no estaba; cuando estacionaba mi coche en la banqueta, alguien llamaba a la grúa. ¿Qué se hace en estos casos? ¿Se comenta abiertamente?, ¿se deja pasar? Era evidente quién había sido.

El colmo fue hace un año. En cuatro ocasiones mis vecinos dejaron la llave abierta del agua y se inundó mi hogar. La última vez que sucedió había invitado a dos amigos a mi casa, ambos gays. Ellos me acompañaron a hablar con padre e hijo, quienes —­además de decirme que exageraba— los insultaron y les hicieron señas obscenas. ¡Amén de todo, homofóbicos!

Estuve revisando el correo por una semana. Cuando llegó el recibo telefónico de los Xyz anoté el número y por primera vez rompí una carta ajena, la cual quemé muy lejos del edificio.  Pagué por un anuncio en los periódicos La Prensa, El Gráfico y Metro: “Hombre de 50 años busca a homosexuales y travestis. Llama a cualquier hora. Dirá: ‘está equivocado’, pero es parte del juego. Insiste. Solo atenderá las llamadas más estimulantes”.

Sobre El Autor

Revista virtual de danza y disciplinas afines. El objetivo es ampliar la cultura de la danza en la población, creando un espacio para la expresión de distintas formas de pensamiento en el ámbito danza y que se reconozca el papel social de lo profesionales que lo ejercen.

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