*Los eventos mencionados en el relato pueden pertenecer a la realidad o a la ficción


Laura Trejo Cortés / lautecortes@danzarevista.mx

Cursaba el segundo año de la preparatoria y el séptimo año de la licenciatura en la Academia de la Danza Mexicana (ADM). Las clases teóricas y prácticas de materias artísticas y las correspondientes al bachillerato eran de siete de la mañana a nueve de la noche. Podría pensarse que no teníamos, mis compañeras de generación y yo, tiempo para idear travesuras, pero no: era todo lo contrario; como adolescentes insufribles de 15 años, solíamos hacer bromas. Ahora me doy cuenta de que eran muy pesadas.

Esa tarde de viernes, después de comer, mis amigas y yo teníamos la intención de no asistir al ensayo de la coreografía Amigas de Coppélia, del ballet Coppélia; estábamos cansadas, doloridas de toda la semana y con ampollas en los pies provocadas por las zapatillas de punta; sin embargo, no podíamos faltar sin un justificante. En lo que se nos ocurría algo fuimos a la casa del novio de una de mis compañeras. Ya que no podíamos provocar un sismo para suspender el ensayo, quizá podíamos hacer otra cosa…

Tomé el teléfono de la casa (en esos tiempos no existían los celulares). Marqué el número de la ADM y cuando me respondieron simplemente dije: “Hay una bomba en la escuela”. Colgué. Mis amigas y yo reíamos: ¿quién iba a creerme con mi voz de quinceañera? Nadie.  

Resignadas, nos fuimos al ensayo. Cuando llegamos, afuera de la ADM había dos patrullas, policías, alumnos, docentes y personal administrativo. Nosotras no dábamos crédito. Nunca mencionamos nada a nadie. Esa tarde conseguí que no ensayáramos, pero sé que puse en riesgo a mis compañeras y a mí misma.

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Revista virtual de danza y disciplinas afines. El objetivo es ampliar la cultura de la danza en la población, creando un espacio para la expresión de distintas formas de pensamiento en el ámbito danza y que se reconozca el papel social de lo profesionales que lo ejercen.

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